El círculo lulliano

Hacia finales del siglo XIII, Ramón Lull diseñó una máquina metafísica que le permitía combinar atributos tomados tanto de la religión como de la filosofía. Este método, conocido como Círculo lulliano, consistía en dos o más círculos de cartón ensamblados concéntricamente y sobre los cuales había escritos letras o símbolos. Lull partía de la idea de que existe un número limitado de verdades irrefutables y de que, a partir de la combinación de las mismas, el ser humano podía acceder a todos los campos del conocimiento. Por ejemplo, uno de los círculos podía tener atributos tales como Dios, Grandeza, Eternidad, Poder, Sabiduría, Virtud, Verdad, Gloria. Es posible que para construir este aparato, Lull se hubiera basado en el dispositivo de la zaija utilizado por los astrónomos árabes de la época. La idea de Lull sería desarrollada por Gottfried Leibniz en el siglo XVII.

Del Carmen XXV a la “poesía proteana”

Hacia el año 300 aC, encontramos en Occidente un trabajo como el de Publius Optatianus Porfyrius, quien construye un texto poético a partir de palabras permutables. En el Carmen XXV (de su Publilii Optatiani Porfyrii Carmina), todas las palabras impresas en la primera y cuarta columnas del poema pueden permutarse entre sí. Igualmente pueden hacerlo las de la segunda y tercera columna. Las palabras impresas en la quinta columna, en cambio, permanecen fijas para asegurar que el poema continúe siendo un perfecto hexámetro. Las permutaciones de palabras ascienden aquí a más de un billón de posibilidades. Pero si bien pueden rastrearse ejemplos aislados de literatura basada en combinatorias de azar ya en la Antigüedad y también en la Edad Media, será recién en el siglo XVII cuando estos juegos cobren gran auge, pasando a denominarse “poesía proteana” (proteana, por las metamorfosis de Proteo, claro).

El libro de las mutaciones

Posiblemente, el I Ching sea el texto aleatorio por antonomasia. El I Ching o Libro de las Mutaciones es un antiguo sistema oracular chino, que se compone de 64 hexagramas o combinaciones binarias de seis líneas (continuas o discontinuas) cada uno. El lector, mediante la manipulación de monedas o varas de milenrama y en forma aleatoria, va formando diferentes hexagramas que le señalarán determinados capítulos del libro relacionados directamente, a partir de la teoría de las correspondencias, con una particular situación de su contexto existencial.

Mecanismos y combinatorias: constricción y aleatoriedad

Los juegos combinatorios con letras y palabras, utilizados por la literatura desde la antigüedad, podían entenderse de dos diferentes maneras: o bien como formas de criptografía, cuyo origen tuvo sin duda lugar en escrituras sagradas (y para leer las cuales hacía falta estar iniciado y poseer un código de acceso al texto), o bien como simples divertimentos formales más o menos virtuosos según los casos. Las combinatorias se realizaban de acuerdo a dos principios básicos: las producidas por algoritmos predeterminados y las producidas por el azar.

En anagramas, lipogramas, artificios “pangramáticos”, “versos de cabo roto” o cualquier otra posibilidad de recombinación de letras, palabras o frases, el valor referencial es aniquilado en provecho del “solo juego estructural del valor”. Se suprimen así los referenciales de producción, significación, efecto, sustancia, historia y prevalece en cambio el otro estadio de la relatividad, la conmutación y la combinatoria. La idea de cortar la palabra en pedazos para recombinarla se presenta como metáfora de un acto sacrificial en el cual un sacerdote desmiembra a su víctima. A través del desmembramiento anagramático de un nombre, el escritor juega con el lenguaje e imita simbólicamente un acto mágico. Los lingüistas han señalado como el anagrama poético salta por encima de las dos leyes fundamentales de la palabra humana, proclamadas por Saussure: la del vínculo codificado entre el significado y el significante y la de la linealidad de los significantes.

Por su parte, muchas poéticas que utilizaron al azar y lo aleatorio en sus producciones consideraban a este no sólo como un elemento que podía provocar disturbios en una estructura más o menos estable sino como un elemento que ponía de relieve la imposibilidad del ser humano de controlar todas las variables de un sistema o, incluso, la imposibilidad misma de conocer la totalidad de una estructura. El azar, además, proporcionaba una excelente posibilidad para aquellos que buscaban escapar del control autorial y soñaban con una escritura liberada de su autor.