El manual de instrucciones de Cortázar

Julio Cortázar escribe en 1969 su texto “Manual de instrucciones”, primera parte del libro Historias de cronopios y de famas.  Un manual es un texto prescriptivo dedicado a ordenar y regular algún tipo de acción. Remite a una serie de reglas preestablecidas que deben ser observadas. En el “Manual de instrucciones”, Cortázar establece una serie de preceptos que reglamentarán las acciones del destinatario: allí se establece, por ejemplo, cuáles serán las conductas adecuadas para tener miedo, para subir una escalera, para cantar, para darle cuerda a un reloj, etcétera como si el mismo cuerpo fuese un instrumento ajeno y extraño. En sus textos “Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj” e “Instrucciones para dar cuerda a un reloj” el reloj se convierte en metáfora de la vida cotidiana, midiendo maquinalmente cada segundo de la misma. El reloj mantiene el ritmo social e impide que la misma se detenga. El reloj pertenece a la serie del “tiempo público” contrapuesto a un tiempo privado subjetivo. El reloj remite a la obligación y la homogeneización de las vivencias.

Pomelo

La artista Yoko Ono fue una de las primeras en trabajar la forma “instrucción”. En la famosa exhibición realizada en 1962 en el Sogetsu Art Center de Tokyo, presentó, en lugar de obras en un sentido tradicional, directamente una serie de instrucciones registradas en hojas de papel blanco. A partir de estas instrucciones, Ono publicaría luego su libro Grapefruit en 1964. Es de notar la interesante tensión que se produce en estos trabajos entre la concepción y la materialización de las obras. Grapefruit es considerado como una de las primeras obras de una artista visual llevadas a cabo en terreno exclusivamente lingüístico.

Las instrucciones y partituras de Fluxus

La incorporación en el terreno de la literatura de elementos preestablecidos -piezas para armar, instrucciones de uso- responde a una estrategia de des-subjetivación en donde ya no es el propio escritor el que escribe el texto sino que este se concreta en la interacción con el lector. Tal es el caso, por ejemplo, de las partituras y “poemas para armar” producidas por los miembros del grupo Fluxus. En una forma análoga a la concepción creativa del Oulipo, aquí también la constricción servirá de disparador y estímulo para la concreción (o concreciones) de la obra. Estas partituras o guías de uso servían a la manera de un tutorial de las rutinas propias de la programación de toda máquina. Las tarjetas de eventos (event cards) que el grupo Fluxus haría famosas aparecen en su forma definitiva hacia 1959, cuando George Brecht publica una caja Fluxus denominada Water Yam. Esta incluía una serie de tarjetas que indicaban una serie de acciones a ser realizadas por el lector. Por ejemplo, los Tres eventos para teléfono:

-Cuando el teléfono suena se permite que siga sonando hasta que pare

-Cuando el teléfono suena se descuelga el auricular y se vuelve a colgar

-Cuando el teléfono suena se contesta

O el Solo para flauta:

-Desenfundar la flauta

-Volverla a enfundarla

Escritura bajo contraintes: instrucciones, máquinas y patrones del lenguaje

En la década del 60, Italo Calvino señalaba de qué manera le fue útil entender al lenguaje mismo como una máquina. De hecho, también consideraba a los escritores como máquinas de combinar palabras a partir de determinadas reglas. Tal era el caso de los escritores que aplicaban al pie de la letra las fórmulas narratológicas canonizadas o aquellos que componían poemas a partir de formas métricas determinadas. Desde que existe la literatura, la misma ha implicado reglas de todo tipo, ortográficas, sintácticas, genéricas, retóricas, etc. Sin embargo, cuando Calvino y otros escritores ligados al Oulipo comenzaron a producir textos a partir de constricciones, el espíritu que los guiaba era muy distinto al tradicional concepto que había guiado la normativa literaria a lo largo de la historia de la literatura.  Estos escritores se dedicaron no a seguir las reglas tradicionales preestablecidas sino a plantear las suyas propias, a partir de un cuestionamiento que ponía en crisis el concepto mismo de literatura. El establecimiento arbitrario y artificial de constricciones nos lleva a cuestionarnos si toda regla tanto literaria como lingüística no será tan arbitraria y artificial como aquellas.